El martes es el día especial de mi semana. El martes me levanto por la mañana, estiro los brazos hacia el cielo y le dedico un gran bostezo al armario que tengo delante. Me ducho con agua hirviendo. Tanto que me cuesta permanecer mucho tiempo debajo de ella.
Me visto. Desayuno un sándwich y un vaso de café. Salgo de casa y voy a comprar flores para tu habitación. Sé que tú no podrás olerlas, pero me da igual.
Bajo la cuesta del parque y voy a verte al hospital. Cuando aparezco, las enfermeras murmullan siempre lo mismo.
“Qué chico tan majo” dicen. “Qué habrá sido de su relación” dicen. “Cuánto tiempo va a seguir viniendo” dicen.
Me da bastante igual. Yo camino por el pasillo hasta tu habitación y entro. Te hablo durante mucho tiempo, aunque tú ya no me puedes escuchar. Te cuento qué tal ha ido la semana.
“Hoy he conocido a un chico que toca el violín. Igual que tú” te digo.
Y es verdad. Casi todo es verdad. A veces te miento, pero es porque no quiero que no escuches las cosas que no van bien.
Te pregunto que qué tal te ha ido a ti y me quedo en silencio. Aunque ya no me puedas contestar. Hasta que llega la doctora y me dice que me tengo que ir, que tienes que descansar. Aunque ya nunca te puedas cansar.
Eso ocurre los martes. Todos los martes excepto hoy. Hoy es diferente. Hoy te mueres.
Cuando llego al hospital las enfermeras ahora dicen otras cosas. “Pobre chico” dicen. “Espero que lo lleve bien” dicen.
No lo sienten. Como cada ser humano se refugiará en los problemas de los demás para ocultar el maltrato por parte de su marido, las deudas de su hermano o la delincuencia de su hija.
Me da bastante igual. Enfilo el largo túnel de adoquines color azul y me encuentro frente a la doctora Flamingo delante, con su bata a juego con el suelo y las uñas rotas de tanto arañar la madera de la sala de Morgue mientras el doctor Ford la empala una y otra vez a la vez que se quita la alianza del dedo sin que le vea. Siempre se le olvida.
- Está fatal.
- ¿Puedo entrar? – le digo.
- El coma ya no es superficial. Ha entrado en coma profundo. Tras controlarla durante toda la noche hemos detectado hiperventilación central neurogénica. Hemos probado de todo. Tiamina, naloxona, hemos hecho hemogramas, tamizaje de tóxicos, hemocultivos… Va a sufrir una muerte lenta y dolorosa durante las dos próximas horas.
“Menuda mierda” dije y entré corriendo en tu habitación. Me cerré con el pestillo y rompí la cerradura con una llave mientras la doctora Flamingo golpeaba la puerta y gritaba que le dejara pasar.
Me da bastante igual.
Me senté en la silla que hay al lado de tu cama. Miré por última vez tu habitación. A mi lado el ECG mostrando tus signos vitales. La máquina a la que estás enchufada y que te mantiene con vida.
Sé que lo que hago no está bien del todo, pero ésta es la historia de mi vida. El riesgo que corremos por vivir lo que necesitamos. Algunos se equivocan y creen necesitar de lo que viven. Yo te necesitaba a ti, explicarte qué había hecho hoy y ya te podías ir. Era mi martes y nadie me lo iba a quitar. Si me cerré en aquella habitación contigo fue por mí, no por ti. En ese instante estaba necesitando creerlo así.
Hoy estás con los ojos abiertos, y es de agradecer. Te cuento mi día. Como cada martes. Te digo que hoy he vuelto a ir. Sé que me dijiste que no volviera jamás, que sería para siempre para nosotros, pero no he podido evitarlo. “¿Ya sabes a dónde he vuelto?” te digo. “Allí donde solíamos gritar” te digo, aunque no es necesario, porque aunque no me oigas sabes perfectamente de qué te estoy hablando.
“¿Lo recuerdas?” te digo. Hace mucho de aquello, pero sé que sí. Estoy completamente seguro que recuerdas el día en que los dos teníamos problemas, pero no queríamos cargar al otro con más preocupaciones. El día en que decidimos contárnoslo gritando al mundo. Cuando por primera vez nos subimos a aquel monte, y nos miramos, y gritamos. Gritamos tan alto que nos dejé de oír.
Te digo que hoy he vuelto mientras te cojo la mano fría. Mientras escucho a la doctora Flamingo y el tío al que se tira cada viernes detrás de la puerta gritándome que no lo haga. Ellos no saben a qué gritan.
Yo sé que no me escuchas, pero te digo que aún recuerdo lo que me dijiste la primera vez. Me cogiste del brazo y me susurraste al oído que esto era solo para nosotros, que el grito siempre nos servirá, que era muy fácil, dijiste, y comenzaste a gritar.
Yo te seguí y grité. De repente dejaste de gritar y yo te miré. Estabas complacida. Libre.
Me dijiste que era imposible deshacer nuestro vínculo. Me dijiste que ya no había marcha atrás. “El grito siempre vuelve, y con nosotros morirá” dijiste. Y tenías razón.
Tú querías romper cristales me dijiste, querías que llovieran cristales. Bailar bajo esa lluvia. Tan peligrosa como excitante. Miles de cristales que se rompieron cuando tiraste aquella piedra. Bajando entre nosotros. Mostrando media cara mía y media tuya. Comprendí ahí que nuestro vínculo era inquebrantable. Rompiendo cristales me di cuenta de que nuestro vínculo era irrompible.
Después de eso te enamoraste de mí. Me enamoré de ti. “El grito siempre vuelve y con nosotros morirá” me dijiste. Y yo te hacía fotos y las dejaba volar. Te besaba.
“¿Lo recuerdas?” te digo, y no contestas. Me quedo en silencio y solo se oye el murmullo de las enfermeras. “Han llamado a la policía” dicen. “El chico se ha vuelto loco” dicen.
Me da bastante igual.
Y recuerdas, estoy seguro, los versos que escribimos en el banco. O nuestras dos iniciales escritas con compás en los hierros que separaban nuestra caída. Aún están. Hoy las he visto. Como nuestro vínculo. Nunca se irá.
Yo era tu grito. Tú eras el mío.
Te hundirá, y me hundirá, me dijiste. Llegará el día en que el grito no servirá, dijiste. Y llegó el día. El vínculo propio rompió el grito. Ya no gritábamos como antes. “Ahora no es fácil” me dijiste y comenzaste a gritar. Ya no le gritábamos al mundo. Ahora nos gritábamos el uno al otro. Ese día fue el último día que te vi. ¿Te acuerdas?
He traído un cuchillo. Para mí es de plástico. Antes era de metal. Te estoy contando esto mientras te acaricio el pelo negro. Sé que no puedes sentirlo, pero me da igual. Sé que sabes que yo ya no puedo gritar. “Ahora no es fácil” te digo, “tú solías empezar”
“Ese ha sido mi día” te digo, pero no he venido solo para esto, te digo. Te quería pedir un favor y por eso he venido. Quiero que grites. Grita todo lo fuerte que puedas. Aunque no puedas. Eso ya da igual.
Ahora estamos gritando los dos, y oigo a la policía detrás de la puerta. Les oigo por encima de nuestro grito. Tú no abres la boca, pero tienes los ojos abiertos.
¿Sabes por quién gritaba? Supongo que no. Estoy casi seguro de que no lo sabes. Nunca preguntabas. Esa era la regla. Y digo esto agarrando el cable que te mantiene con vida y mi cuchillo, que es de plástico.
Entró la policía, pero ya era demasiado tarde. “Y es que el grito siempre vuelve y con nosotros morirá”.
Ahora vuelvo a estar en el monte. Allí donde solíamos gritar. Y miro a mi izquierda y ahí estás tú. Con tus orejas de conejo en la diadema y tus gafas de sol. Tu chaqueta de cuero y tus pantalones pitillo. Yo no puedo evitar sonreír. Ahora me toca gritar a mí. “Es fácil” te digo y comienzo a gritar.
Y ya está, ya hay paz.
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Este relato está basado en la canción "Allí donde solíamos gritar" de "Love of Lesbian"
viernes, 14 de mayo de 2010
lunes, 3 de mayo de 2010
Principio de infarto
Las estaciones son imprevisibles. Siempre me he sentido un poco engañado con la climatología. Este verano era invierno. En este verano estoy tan solo que me pongo el abrigo. Este verano solo somos yo y mi abrigo, mis cigarros, pequeñas varitas de muerte, y una carta en la que lo único que pone es “Te odio”.
Había estado vomitando cada noche. Mi vómito apesta a heces y sangre. Es vómito estercoráceo. Creo que tengo una fístula. Nunca bebo tanto como para vomitar, y menos como para vomitar mierda.
Esta noche salgo solo, como cada noche. Como cada noche voy a mi club favorito. En el club están todos los desechos humanos que te puedas imaginar. Un pederasta que secuestra a los hijos de altos cargos de Bodybell y se masturba delante de ellos mientras juega con un alfiler en la boca y escupe sangre. Un proxeneta que cada quinto día de mes graba una película Snuff en la que nunca muere él. Un hombre que está convencido de que hasta que no coja el SIDA no va a estar satisfecho con su vida sexual así que se dedica a meneársela a desconocidos pagando 50 pavos a cada uno. Un empresario que se hace fotos sodomizando a su secretaria mientras habla con sus dos hijas, Marlene y Nicole. Una mujer que asesinó a doce personas en un hospital con la excusa “¿Qué más da? Van a morir igual…”. Un policía drogadicto que amenaza a los transeúntes con enchironarles si no le dan un pico. Yo soy uno más. La gente de este local está bastante preocupada con la mierda que les mueve, por eso aquí me siento bien. Nadie pregunta quién eres. En este local sólo te preguntas quién eres tú. Nadie más.
Había estado vomitando cada noche. Mi vómito apesta a heces y sangre. Es vómito estercoráceo. Creo que tengo una fístula. Nunca bebo tanto como para vomitar, y menos como para vomitar mierda.
Esta noche salgo solo, como cada noche. Como cada noche voy a mi club favorito. En el club están todos los desechos humanos que te puedas imaginar. Un pederasta que secuestra a los hijos de altos cargos de Bodybell y se masturba delante de ellos mientras juega con un alfiler en la boca y escupe sangre. Un proxeneta que cada quinto día de mes graba una película Snuff en la que nunca muere él. Un hombre que está convencido de que hasta que no coja el SIDA no va a estar satisfecho con su vida sexual así que se dedica a meneársela a desconocidos pagando 50 pavos a cada uno. Un empresario que se hace fotos sodomizando a su secretaria mientras habla con sus dos hijas, Marlene y Nicole. Una mujer que asesinó a doce personas en un hospital con la excusa “¿Qué más da? Van a morir igual…”. Un policía drogadicto que amenaza a los transeúntes con enchironarles si no le dan un pico. Yo soy uno más. La gente de este local está bastante preocupada con la mierda que les mueve, por eso aquí me siento bien. Nadie pregunta quién eres. En este local sólo te preguntas quién eres tú. Nadie más.
domingo, 25 de abril de 2010
Asfixia
Os quiero dejar con un trozo de un libro que estoy leyendo de Chuck Palahniuk, que me ha gustado mucho.
"[...]Lo que al niño le gustó primero de la pornografía no tenía que ver con el sexo. [...]
Igual que uno puede mudarse de una ciudad a otra y encontrar siempre una iglesia católica y una misa que es la misma en todas partes, el niño siempre pudo encontrar internet, no importaba a qué hogar de adopción lo enviaran. Lo cierto es, que si Jesucristo se hubiera reido en la cruz, o si hubiera escupido sobre los romanos, si hubiera hecho algo más que limitarse a sufrir, al niño le habría gustado mucho más la Iglesia.
Lo cierto es que su página web favorita no era especialmente sexy, al menos no para él. En ella uno encontraba simplemente una docena de fotografías de un tío regordete vestido de Tarzán y un orangután aturdido y entrenado para ir metiéndole algo que parecían cacahuetes tostados por el culo del tío.
[...] No tenía nada de sexy. Y, sin embargo, el contador mostraba que más de medio millón de personas habían visitado la página.
'Peregrinaje' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente.
El mono y los cacahuetes eran algo que el niño no podía entender, pero en cierta forma admiraba a aquel tío. El niño era estúpido, pero se daba cuenta de que aquello era algo que se le escapaba. La verdad es que la mayoría de la gente no dejaría ni que un mono les viera desnudos. Les aterraría el aspecto que pudiera tener su ojete, que pudiera tener un aspecto demasiado rojo y acolchado. La mayor parte de la gente no tendría agallas para agacharse delante de un mono, mucho menos de un mono y una cámara y varios focos, y en caso de hacerlo, primero tendrían que hacer trillones de abdominales, ir a una cabina de bronceado y cortarse el pelo. Después pasarían horas agachados delante del espejo intentando encontrar su mejor perfil.
Y luego, aunque no fueran más que cacahuetes uno tendría que permanecer relajado.
La mera idea de hacer audiciones con monos era aterradora, la posibilidad de ser rechazado por un mono tras otro. Seguro que puedes pagar suficiente dinero a una persona para que te meta cosas dentro o te haga fotos. Pero un mono. Un mono siempre es sincero.
[...] La cuestión es que en un mundo donde todo el mundo tiene que estar guapo todo el tiempo, aquel tipo no lo era. Ni el mono tampoco. Y lo que estaban haciendo no era bonito. Y lo que estaban haciendo no era bonito.
La cuestión es que el sexo no fue la parte de la pornografía que enganchó al niño estúpido. Fue la confianza. El valor. La falta total de vergüenza. La comodidad y la sinceridad genuina. La franqueza que permitía a alguien salir de allí y contarle a todo el mundo: Sí, así es como decido yo pasar una tarde libre. Posando aquí con un mono metiéndome cacahuetes por el culo.
Y no me importa el aspecto que tengo ni lo que vosotros penséis.
Así que apañaos como podáis.
Al insultarse a sí mismo estaba insultando al mundo.
Y aunque el tío no se lo estaba pasando en grande, su capacidad de sonreír y de mantener el tipo le hacía aún más admirable.
[...]'Libertad' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente.
Aquella era la clase de orgullo y seguridad en sí mismo que el niño quería tener. Algún día.
Si fuera él el que sale en esas fotos con el mono, las miraría todos los días y se diría: Si puedo hacer esto puedo hacer cualquier cosa.
No importa a qué más te enfrentes, si puedes sonreír y reírte mientras un mono te mete cacahuetes por el culo en un sótano húmedo de cemento con alguien sacando fotos, bueno, cualquier otra situación será pan comido.
Hasta el infierno.
Cada vez más, para el niño estúpido, esa era la idea...
Que si había bastante gente mirándote, nunca más ibas a necesitar la atención de nadie.
Que si algún día te desenmascaraban y quedabas lo bastante expuesto, nunca más ibas a poder esconderte. No habría diferencia entre tu vida pública y tu vida privada.
Que si uno adquiría bastantes cosas, si lograba bastantes cosas ya nunca querría poseer o conseguir nada más.
Que si te quería bastante gente, ya nunca necesitaría amor.
Que alguna vez se podía ser lo bastante listo.
Que algún día se podía conseguir suficiente sexo.
Todas estas se convirtieron en las nuevas metas del niño. En las ilusiones que habría de tener el resto de su vida. Aquellas eran las promesas que vio en la sonrisa del tipo gordo.
Así que a partir de entonces, siempre que estaba asustado, triste o solo, todas las noches que se despertaba presa del pánico en un nuevo hogar de adopción, con el corazón latiendo a toda prisa y la cama mojada, cada día que empezaba la escuela en un vecindario distinto, cada vez que la mamaíta volvía a buscarlo, en una habitación roñosa de motel, en cada coche de alquiler, el niño se acordaba de las 12 mismas fotos del hombre gordo agachado. Del mono y los cacahuetes. Y aquello tranquilizaba al mocosillo de mierda. Le mostraba lo valiente, fuerte y feliz que podía llegar a ser una persona.
Que la tortura es tortura y la humillación es humillación solo si uno elige sufrir.
'Salvador' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente.
Y es curioso ver cómo cuando alguien te salva, lo primero que quieres hacer es salvar a otra gente. A todos los demás. A todo el mundo.
El niño nunca supo cómo se llamaba ese tipo. Pero nunca olvidó aquella sonrisa.
'Héroe' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente."
"[...]Lo que al niño le gustó primero de la pornografía no tenía que ver con el sexo. [...]
Igual que uno puede mudarse de una ciudad a otra y encontrar siempre una iglesia católica y una misa que es la misma en todas partes, el niño siempre pudo encontrar internet, no importaba a qué hogar de adopción lo enviaran. Lo cierto es, que si Jesucristo se hubiera reido en la cruz, o si hubiera escupido sobre los romanos, si hubiera hecho algo más que limitarse a sufrir, al niño le habría gustado mucho más la Iglesia.
Lo cierto es que su página web favorita no era especialmente sexy, al menos no para él. En ella uno encontraba simplemente una docena de fotografías de un tío regordete vestido de Tarzán y un orangután aturdido y entrenado para ir metiéndole algo que parecían cacahuetes tostados por el culo del tío.
[...] No tenía nada de sexy. Y, sin embargo, el contador mostraba que más de medio millón de personas habían visitado la página.
'Peregrinaje' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente.
El mono y los cacahuetes eran algo que el niño no podía entender, pero en cierta forma admiraba a aquel tío. El niño era estúpido, pero se daba cuenta de que aquello era algo que se le escapaba. La verdad es que la mayoría de la gente no dejaría ni que un mono les viera desnudos. Les aterraría el aspecto que pudiera tener su ojete, que pudiera tener un aspecto demasiado rojo y acolchado. La mayor parte de la gente no tendría agallas para agacharse delante de un mono, mucho menos de un mono y una cámara y varios focos, y en caso de hacerlo, primero tendrían que hacer trillones de abdominales, ir a una cabina de bronceado y cortarse el pelo. Después pasarían horas agachados delante del espejo intentando encontrar su mejor perfil.
Y luego, aunque no fueran más que cacahuetes uno tendría que permanecer relajado.
La mera idea de hacer audiciones con monos era aterradora, la posibilidad de ser rechazado por un mono tras otro. Seguro que puedes pagar suficiente dinero a una persona para que te meta cosas dentro o te haga fotos. Pero un mono. Un mono siempre es sincero.
[...] La cuestión es que en un mundo donde todo el mundo tiene que estar guapo todo el tiempo, aquel tipo no lo era. Ni el mono tampoco. Y lo que estaban haciendo no era bonito. Y lo que estaban haciendo no era bonito.
La cuestión es que el sexo no fue la parte de la pornografía que enganchó al niño estúpido. Fue la confianza. El valor. La falta total de vergüenza. La comodidad y la sinceridad genuina. La franqueza que permitía a alguien salir de allí y contarle a todo el mundo: Sí, así es como decido yo pasar una tarde libre. Posando aquí con un mono metiéndome cacahuetes por el culo.
Y no me importa el aspecto que tengo ni lo que vosotros penséis.
Así que apañaos como podáis.
Al insultarse a sí mismo estaba insultando al mundo.
Y aunque el tío no se lo estaba pasando en grande, su capacidad de sonreír y de mantener el tipo le hacía aún más admirable.
[...]'Libertad' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente.
Aquella era la clase de orgullo y seguridad en sí mismo que el niño quería tener. Algún día.
Si fuera él el que sale en esas fotos con el mono, las miraría todos los días y se diría: Si puedo hacer esto puedo hacer cualquier cosa.
No importa a qué más te enfrentes, si puedes sonreír y reírte mientras un mono te mete cacahuetes por el culo en un sótano húmedo de cemento con alguien sacando fotos, bueno, cualquier otra situación será pan comido.
Hasta el infierno.
Cada vez más, para el niño estúpido, esa era la idea...
Que si había bastante gente mirándote, nunca más ibas a necesitar la atención de nadie.
Que si algún día te desenmascaraban y quedabas lo bastante expuesto, nunca más ibas a poder esconderte. No habría diferencia entre tu vida pública y tu vida privada.
Que si uno adquiría bastantes cosas, si lograba bastantes cosas ya nunca querría poseer o conseguir nada más.
Que si te quería bastante gente, ya nunca necesitaría amor.
Que alguna vez se podía ser lo bastante listo.
Que algún día se podía conseguir suficiente sexo.
Todas estas se convirtieron en las nuevas metas del niño. En las ilusiones que habría de tener el resto de su vida. Aquellas eran las promesas que vio en la sonrisa del tipo gordo.
Así que a partir de entonces, siempre que estaba asustado, triste o solo, todas las noches que se despertaba presa del pánico en un nuevo hogar de adopción, con el corazón latiendo a toda prisa y la cama mojada, cada día que empezaba la escuela en un vecindario distinto, cada vez que la mamaíta volvía a buscarlo, en una habitación roñosa de motel, en cada coche de alquiler, el niño se acordaba de las 12 mismas fotos del hombre gordo agachado. Del mono y los cacahuetes. Y aquello tranquilizaba al mocosillo de mierda. Le mostraba lo valiente, fuerte y feliz que podía llegar a ser una persona.
Que la tortura es tortura y la humillación es humillación solo si uno elige sufrir.
'Salvador' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente.
Y es curioso ver cómo cuando alguien te salva, lo primero que quieres hacer es salvar a otra gente. A todos los demás. A todo el mundo.
El niño nunca supo cómo se llamaba ese tipo. Pero nunca olvidó aquella sonrisa.
'Héroe' no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la mente."
- Asfixia
miércoles, 31 de marzo de 2010
Gordos
Os dejo la banda sonora de "Gordos" de Daniel Sánchez Arévalo. De momento, para mí, la mejor película española del 2009.
sábado, 27 de marzo de 2010
Lo que dijo...
Roman Polanski justo después de que la banda de Charles Manson asesinara a su mujer embarazada, la actriz Sharon Tate en 1969.
"Cada uno tiene su manera de ver la vida y las relaciones, y lleva su pena de un modo distinto. Algunos se van a un monasterio y otros empiezan a ir de putas."
Y esto lo dijo al preguntarle por la capacidad de rehacer su vida sentimental tan rápidamente.
"Cada uno tiene su manera de ver la vida y las relaciones, y lleva su pena de un modo distinto. Algunos se van a un monasterio y otros empiezan a ir de putas."
Y esto lo dijo al preguntarle por la capacidad de rehacer su vida sentimental tan rápidamente.
viernes, 19 de marzo de 2010
Parón
El nuevo ECO se está formando y necesito volcar toda (mucho menor que 1*) mi creatividad en ello. Espero que no te moleste, lector.
* Tiene cojones que no pueda poner el símbolo porque si no blogspot me dice que estoy etiquetando mal en HTML.
* Tiene cojones que no pueda poner el símbolo porque si no blogspot me dice que estoy etiquetando mal en HTML.
domingo, 14 de marzo de 2010
American Beauty
«Siempre había oído que toda tu vida pasa ante tus ojos el segundo antes de morir. Para empezar ese segundo no es un segundo en absoluto, se hace algo inmenso como un océano de tiempo... en mi caso aparecía yo tumbado boca arriba en el campamento de los Boy-Scouts mirando estrellas fugaces. Y las hojas amarillas de los arces que flanqueaban nuestra calle... o las manos de mi abuela y su marchita piel que parecía papel. Y la primera vez que contemplé el nuevo Firebird de mi primo Tony.
... y jenny... y Jenny...
...y Caroline...
Supongo que podría estar bastante cabreado con lo que me pasó, pero cuesta seguir enfadado cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces siento como si la contemplase toda a la vez... y me abruma. Mi corazón se hincha como un globo que está a punto de estallar. Pero recuerdo que debo relajarme y no aferrarme demasiado a ella y entonces fluye a través de mi como la lluvia y no siento otra cosa que gratitud por cada instante de mi estúpida e insignificante vida. No tienen ni idea de lo que les hablo. Seguro. Pero no se preocupen. Algún día la tendrán».
... y jenny... y Jenny...
...y Caroline...
Supongo que podría estar bastante cabreado con lo que me pasó, pero cuesta seguir enfadado cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces siento como si la contemplase toda a la vez... y me abruma. Mi corazón se hincha como un globo que está a punto de estallar. Pero recuerdo que debo relajarme y no aferrarme demasiado a ella y entonces fluye a través de mi como la lluvia y no siento otra cosa que gratitud por cada instante de mi estúpida e insignificante vida. No tienen ni idea de lo que les hablo. Seguro. Pero no se preocupen. Algún día la tendrán».
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